sábado, diciembre 23, 2006

paz a los hombres

PAZ A LOS HOMBRES, GUERRA A LAS INSTITUCIONES

Éste era el título de un célebre artículo aparecido a finales del siglo XIX en la prensa anarquista española y puede servir para definir cuál ha sido la tendencia dominante respecto a la violencia dentro del anarquismo. Una cosa es realizar acciones que pongan en peligro las instituciones que sostienen un inicuo y opresor sistema político y económico y otra distinta acabar con la vida de los seres humanos que forman parte inevitablemente de esas instituciones. En cierto sentido, dicho artículo, que reproduce Anselmo Lorenzo en "El proletariado militante", sigue lo que ya había dicho Bakunin: "un problema resuelto a la fuerza sigue siendo un problema".

No obstante, más allá de este pacifismo radical, próximo a la desobediencia civil como instrumento de emancipación social, los anarquistas han coqueteado en muchas ocasiones de forma irresponsable con la violencia. Bakunin prestó su colaboración a un libro claramente proviolento, como es el "Catecismo revolucionario" de Netchaev. Hubo una época en la que se recurrió a la propaganda por el hecho, clara exaltación en muchos casos de la capacidad revolucionaria de la violencia. La bomba del Liceo de Barcelona se parece en cierto sentido a lo que todo el mundo pudo ver que ocurrió en New York y Washington por televisión: un acto muy destructivo, de enorme carácter simbólico, dirigido al corazón del sistema opresor y saldado con un alto coste de vidas humanas. Las diferencias pueden ayudarnos a comprender lo que desde entonces ha cambiado en la humanidad y lo que sigue siendo bastante parecido: mejores y más destructivos medios técnicos, las mismas raíces de la violencia! social. Entonces las instituciones no se tambalearon en exceso; supongo que tampoco ahora ocurrirá un debilitamiento del sistema central del imperio.

La violencia siempre ha sido un mal asunto, y más todavía la violencia aplicada de forma directa contra personas. Nos ha acompañado a los seres humanos desde los comienzos de nuestra aparición, cuando probablemente los cromagnon eliminaron físicamente a sus rivales neardenthales, y desde entonces no ha dejado de estar presente en nuestras vidas. Parece algo tan negativo como inevitable, lo que provoca enseguida fáciles y comprensibles reacciones: el innegociable respeto a la vida humana resuena en los labios de todos los que aparecen en los medios. Pero esas reacciones son tan fáciles como superfluas, evitando una reflexión más apropiada sobre el problema y retrasando estrategias más adecuadas para hacerle frente.

Por eso es importante tener en cuenta algunas precisiones. La primera, sin duda, es la que da pie a este artículo: está bien condenar todo acto de violencia brutal, sin hacer concesiones que nos lleven a ser más comprensivos con la violencia que cometen nuestros próximos contra nuestros enemigos. Puedo estar harto de la letal violencia estructural sobre la que se sostiene el imperio americano, pero no me produce la más mínima alegría ver caerse dos edificios atestados de gente.




personal e intransferible

La segunda observación que podemos hacer es que la violencia se manifiesta de muchas maneras y en muchos grados, lo que hace que sea estúpido, si no algo peor, meterla toda en el mismo saco. Casi todo el mundo está dispuesto a distinguir, por ejemplo, entre la legítima defensa y la violencia opresora, aunque no suelen ponerse de acuerdo en determinar si nos encontramos ante un caso de la primera o de la segunda. Ayer mismo, el gobierno de Estados Unidos amenazaba con nuevos bombardeos sobre Irak en represalia por la destrucción de un avión. Legítima defensa lo denominan, y así llaman también a la aplicación de la pena de muerte. Legítima defensa considerarán algunos el ataque suicida contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

Una tercera observación es que la violencia se da invariablemente en un contexto que debe ser tenido en cuenta para evitar sacar conclusiones precipitadas. Un acto violento no puede aislarse de las circunstancias en las que se produce. Nunca debemos olvidar las violencias estructurales que suelen provocar actos de rebelión muy violentos. Y siempre resultará bastante difícil, incluso imposible, averiguar quién fue el que empezó con la violencia.

Una última observación, sin con ello agotar el tema, pero sí cerrando el artículo. La violencia siempre favorece a los profesionales de la violencia y perjudica a los partidarios de la liberación de los seres humanos. En las guerras, sobre todo en las actuales, quienes más sufren son las víctimas inocentes y quienes más seguros están son los militares. Nadie habrá perdido tanto ayer como las víctimas y sus allegados. El sufrimiento concreto de la víctima merece toda nuestra compasión y no debe ser silenciado con reflexiones sociológicas o políticas de "altos" vuelos. Sin embargo, a medio y largo plazo, víctimas del terrorismo somos todos y en especial los grupos que luchan por una liberación de la humanidad. Los "halcones", los "depredadores" se encuentran en su salsa luchando contra terroristas reales o imaginarios.


García Moriyón

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