sábado, octubre 21, 2006

como se hace un bebe

En la actualidad es posible ver en un monitor las evoluciones de un feto en la matriz de su madre. Tales imágenes de la vida prenatal constituyen parte de una revolución biomédica que ha venido a transformar la idea que se tenía hasta hace poco sobre el vientre materno .

Aunque se requieren nueve meses para hacer a un bebé, ahora se sabe que los pasos más importantes de su desarrollo —incluyendo el comportamiento futuro de órganos tan importantes como el corazón, los pulmones y el cerebro— ocurren antes de que terminen los primeros tres meses de la gestación.

También se sabe que mucho antes de que el niño nazca, sus genes establecen comunicación con el medio ambiente de la matriz, en una especie de diálogo de doble vía, que involucra no sólo la calidad del aire que su madre respira y del agua que ella bebe, sino también los medicamentos que toma, las enfermedades que la aquejan y las penalidades que sufre.

Las razones por lo que esto se sabe, obedecen a una serie de avances sorprendentes en materia de monitoreo de imágenes y sonidos auxiliados por computadora, que han permitido adentrarse en cada etapa del desarrollo fetal, desde la fusión del espermatozoide con el óvulo, hasta el surgimiento, unas 40 semanas después, de un ser humano en miniatura.



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LA OTRA RAZÓN

La otra razón por la que se sabe tanto acerca de lo que sucede dentro de la matriz, es el sorprendente progreso que los investigadores han logrado en el desglose de la secuencia de señales químicas que emanan del feto durante su desarrollo.

Esto ha hecho posible que los científicos puedan describir, a nivel de genes y moléculas, muchos de los pasos involucrados en la construcción de un ser humano, desde la formación de las cuatro cámaras cardiacas hasta el entretejido de billones de conexiones neurales.

“El desarrollo de un ser humano ya no parece tan sorprendentemente complejo”, dice el biólogo de la Universidad de Stanford, Matthew Scott. “Ahora, sólo parece maravilloso”.

¿Cómo es que un óvulo fertilizado —tan sólo una brizna de protoplasma y ADN encapsulado en una burbuja— puede generar tanta complejidad?

Las respuestas vinculadas a este cuestionamiento ya han empezado a ser entendidas.

Tan sólo hace 20 años la mayoría de los biólogos pensaba que organismos diferentes crecían de acuerdo con reglas diferentes. O sea que el entendimiento de cómo se desarrolla una mosca, un gusano o un pollo, contribuía muy poco a comprender el procesamiento de un ser humano.

Sin embargo, los investigadores han encontrado sorprendentes similitudes en la forma en que se desarrolla la totalidad del reino animal. En otras palabras, sin importar de qué especie se trate, la naturaleza usa los mismos clavos, tornillos, alambres y herramientas para ensamblar un embrión.

Aún más excitante —pero también más controversial—, es el entendimiento de que las células del embrión albergan un enorme potencial terapéutico. Esas células, conocidas como “células-madre” (por ser las progenitoras de todos los tejidos y órganos del cuerpo), pueden ser utilizadas para reparar cualquier daño causado al cuerpo por una lesión o una enfermedad.


LA CLAVE DEL INICIO

Después de la fertilización del óvulo por el espermatozoide, se crea una unidad llamada cigoto, y de inmediato inicia la división celular: dos células, luego cuatro, ocho, 16… Entonces, al llegar a las 32 células, aparece el primer cambio sorprendente…

Ese agrupamiento de 32 células, denominado mórula, genera una esfera de dos capas (ahora se llama blastocito), que procede a hundirse en la pared de la matriz. Poco después, la capa externa se convierte en placenta y saco amniótico, mientras que la capa interna se convierte en el embrión.

La formación del blastocito es la señal para iniciar una secuencia de cambios que son orquestados de manera tan precisa como un ballet.

Para finales de la primera semana, la capa interior del blastocito se convierte en dos capas más. De la primera capa, conocida como endodermia, vendrán las células que cubren el conducto gastrointestinal. De la segunda capa, la ectodermia, provendrán las neuronas que crean el cerebro y el nervio principal de la espina dorsal, junto con las células que forman la piel.

Para el final de la segunda semana, la ectodermia desprende una línea delgada de células conocida como “veta primitiva”, la cual forma una nueva capa de células denominada mesodermia. De ella provendrán las células destinadas a formar el corazón, los pulmones y los demás órganos internos.

En la medida en que se forma, la mesodermia interactúa con las células de la ectodermia para activar una nueva transformación: muy pronto estas células se convierten en el tubo neural, un precursor rudimentario del cerebro y del nervio que recorrerá la espina dorsal.

El embrión ya tiene una distintiva agrupación de células en cada extremo; un extremo destinado a convertirse en la boca, y el otro en el ano. En este punto, el embrión no es más grande que un grano de arroz, pero ya ha definido el eje “cabeza-cola” a lo largo del cual las partes serán conjuntadas.


LO SIMPLE Y LO COMPLEJO

¿De qué manera esa pequeñísima y casi inanimada agrupación de células “sabe” lo que tiene que hacer? La respuesta es tan simple como sorprendente: un embrión humano sabe cómo desplegar el eje de su cuerpo de la misma manera que lo hacen los embriones de la mosca, y los embriones de todos los demás animales.

En todos los casos, los científicos han encontrado que los encargados de establecer este eje son un grupo especial de genes denominados “eméticos”.

Esos genes se descubrieron por primera vez en la mosca de la fruta a inicios de la década de 1980, cuando los científicos notaron que su ausencia causaba mutaciones sorprendentes (por ejemplo hacían que en las cabezas crecieran patas en vez de antenas).

Los genes eméticos han sido encontrados en todo tipo de animal y si bien su número varía —la mosca de la fruta tiene 9, y los humanos tenemos 39—, estos están invariablemente alineados en orden, junto a los cromosomas, próximos a los genes que activan.

En fin, los científicos están aprendiendo, con exquisito detalle, qué es lo que hace cada gene en diferentes etapas del proceso de desarrollo del feto.

Por ejemplo han entendido que la creación de un ser humano a partir de un óvulo fertilizado es un asunto enormemente complejo, y que en cualquier etapa algo podría salir mal.

Esta es precisamente la razón por la que se cree que un clon saludable nunca podrá lograrse. Es decir, el clon podría nacer, pero la probabilidad de que haya fallado alguna de las, digamos, 100 mil órdenes que involucraron la formación del clon, es muy alta. Sobre todo porque en el caso del clon no se trata de un óvulo fertilizado, sino de un óvulo que ha sido forzado a aceptar el núcleo de una célula adulta.


LO QUE DEFINE AL BEBÉ

El listado de amenazas potencialmente dañinas para la vida del embrión es larga, e incluye no sólo lo que la madre come, bebe o inhala, sino también las hormonas que produce su cuerpo.

Pero el futuro bebé cuenta con un excelente escudo de protección: la placenta. Las células del anillo exterior que componen la placenta son extremadamente agresivas. Esas células son las encargadas de engañar al sistema inmunológico de una mujer embarazada para que tolere la presencia de ese ser extraño que ha comenzado a implantarse en su cuerpo.

La placenta es como un policía de tránsito: su trabajo principal es permitir que las cosas buenas pasen hacia el bebé y las malas se queden afuera. De hecho, la placenta cuenta con pelotones de células asesinas que patrullan su perímetro para proteger al embrión de cualquier daño posible.

Pero las defensas de la placenta pueden a veces ser burladas, por ejemplo por microbios como la rubéola, por el alcohol, y por algunos contaminantes como los del tabaco.

Las toxinas y venenos contenidos en ciertos alimentos también son capaces de atravesar la placenta, lo cual puede explicar por qué los tejidos placentarios secretan una hormona que induce la náusea (los mareos matutinos que sienten algunas mujeres embarazadas han sido vinculados a esta hormona).

Pero de todas las amenazas a la salud del bebé, la más agresiva es la mala nutrición maternal.

Los fetos que son afectados por la malnutrición materna tienen, de por vida, riñones con menos células, y por lo tanto, tendrán más probabilidades de desarrollar problemas renales cuando sean grandes y se enfermen.

Y lo mismo sucede con respecto a las células que producen insulina. Los bebés de bajo peso tienen una probabilidad más alta de desarrollar diabetes cuando se aproximan a la tercera edad, debido a que sus páncreas mal desarrollados —donde se produce la insulina— tienen que trabajar más duro.

Y la obesidad puede también tener su origen en la vida prenatal. De hecho, los investigadores están impresionados por las evidencias que sugieren que una gran cantidad de padecimientos serios, entre ellos, la arteriosclerosis, la hipertensión y la diabetes, tienen sus orígenes en condiciones prenatales asociadas a la malnutrición de la madre.

Un investigador ha dicho: “Lo que suceda en la matriz antes de que nazcas es tan importante como los genes que definen lo que serás”.


Omnia

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